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Se fundían, a lo lejos, mar y cielo en un beso dulce, sereno, duradero... El mar ofrecía latidos suaves con sabor a sal, y el cielo girones de seda envuelta en brisas.
Sobre las rocas, varadas en su solemne eternidad, las gaviotas dibujaban piruetas ociosas, esperando que se enlutara más la tarde y aparecieran las sirenas plañideras, las que despiden con elegías sonoras a la luz cuando es vencida...
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Era hermoso ver deshilacharse el cielo aquella tarde; ver huir sin premuras, con pisadas de seda, la luz -como náufrago sin fuerzas, atraído por el canto del crepúsculo-; contemplar la mar, plácidamente dormida, embozada bajo cobertores de azul turquesa, la cabeza reposada en tierra firme, donde los sueños marinos se convierten en arena.
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